Jorge Augusto Zelada
Manipulación genética
La majestuosa nave de bruñido fotelio aterrizó suavemente, estrenando en la acción el verbo.

- Bien, Jeh -dijo el piloto principal-. Todo el planeta es tuyo: a ver qué haces de bueno...

El comandante miró por la escotilla y una amplia sonrisa se dibujó en su rostro. El paisaje era realmente hermoso: en el horizonte un Sol único y rojizo alumbraba la bóveda celeste; los picos de las lejanas montañas se perdían de a ratos entre la bruma del amanecer, mientras a un costado de la playa los primeros representantes de la fauna daban una alborotada recepción a la extraña nave.

- Es un planeta nuevo -dijo Luc mirando el monitor de su computadora, que iba describiendo con destellos multicolores el conjunto de datos necesarios para desembarcar.

- La atmósfera es perfecta y la temperatura también -manifestó alborozado Jeh, iniciando de inmediato, con la pulsación del botón amarillo, los pasos necesarios para que los sistemas de seguridad de la nave dieran su O.K. al desembarco.

Luc admiró varios minutos el hermoso paisaje, reprimiendo en su interior un sentimiento extraño, como de envidia. La buena suerte de Jeh volvía a manifestarse en esta nueva misión y, aunque un fraterno sentimiento lo unía a su eterno camarada, no podía sustraerse al hecho de que siempre la fortuna sonreía con especial afecto al comandante. Claro, no podía quejarse, pero...

- Okey, Luc -dijo Jeh-. Encárgate de todo a bordo. Hasta la vista !

- Hasta la vista ! Y buena suerte ! -contestó Luc, aunque sabía que esta última frase no era necesaria en absoluto- . Entraré en hibernación en 15 minutos, conforme a las reglas.

Jeh no contestó. Estaba extasiado con su hermoso planeta, y un sentimiento juvenil, como de amor primaveral, embargó todo su ser, mientras la fresca brisa y el aroma de hierba exultaban su ánimo.

Seis afanosos días pasó Jeh en el nuevo planeta, proyectando, investigando, descubriendo nuevas facetas creativas, utilizando con imaginación de artista todo ese cúmulo de conocimientos y poder que su evolucionada estirpe hacía posible. La profunda hibernación de todos los demás miembros de la tripulación posibilitaba una comunicación fluida, telepática, entre el astronauta y la computadora central. Todo su accionar quedaba automáticamente grabado y era retransmitido a su lejano planeta -Olympia- para ser evaluado por el Consejo Supremo.

En la última hora del último día Jeh tenía, por fin, una decisión tomada: El planeta quedaría a cargo del animal de ojos vivaces. Los análisis de vitalidad y eugenesia lo hacían merecedor del fallo, aunque en realidad no fueron estas cualidades sino una extraña simpatía, la que resolvió el dilema.

Así, pues, se inició en el laboratorio central la manipulación genética. Millones de siglos de evolución quedaron fijados en pocos segundos, utilizando Jeh su propio ADN para transmitir esa heredad al nuevo ser que estaba creando, pero no quiso hacer esta vez un simple robot de carne y hueso, por eso le dejó de herencia, también, un número infinito de posibilidades evolutivas. Esto, que para Jeh fue un acto de amor y libertad, no contó con la aprobación de su piloto principal, que al despertar de su sueño le recriminó con dureza:

- Es sumamente peligroso dejar en el universo un ser con todas las potencialidades del bien y del mal !

Jeh no contestó. Ya amaba profundamente a su criatura como para destruirla o transformarla. Confiaba en sus genes y estaba dispuesto a rendir cuentas ante el Consejo Supremo, que no había puesto límites a su autoridad creativa. Pero este hecho, esta manipulación genética de las tantas que habían realizado los astronautas de Olympia, marcó el inicio de una enemistad que ya dura milenios. La creación del libre albedrío como forma superior del espíritu fue una inspiración de amor que el envidioso de Lucifer nunca, nunca perdonó a Jehová.

(Asunción, 17 de septiembre de 1988).
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Manipulación genética