Jorge Augusto Zelada
Acerca de simios y sindicalistas
Un científico realizó hace ya algún tiempo el siguiente experimento: Colocó una banana en el piso, lejos del alcance de brazos de un mono que estaba en una jaula, dentro de la cual metió, además, un palo. El simio intentó por todos los medios alcanzar el fruto con sus brazos, antes de caer en la cuenta que el palo era la herramienta adecuada para lograr su propósito.

El científico pasó entonces al segundo nivel: colocó otra banana aún más lejos, y dentro de la jaula un segundo palo, con un tubo en el extremo, de forma tal que el mono debía encastrar un palo dentro del otro para lograr una herramienta más larga y con ella alcanzar el preciado plátano. Sufrió mucho el pobre simio, pero al final logró hacerlo.

Entonces el científico pasó al tercer nivel: colocó el fruto dentro de una especie de corralito, con abertura hacia atrás, de modo que el animal debía alejar la banana con el palo, sacarla del corralito, para finalmente acercar el fruto a la jaula.
Este nivel nunca pudo ser superado por el mono. Su inteligencia rudimentaria no le permitía captar el concepto de que era preciso alejar primero algo que él deseaba atraer hacia sí.

Algo parecido les sucede a nuestros sindicalistas. Su estructura mental parece no permitirles aprehender el concepto de que es necesario renunciar primero para luego exigir.

Liberalizar, por ejemplo, la contratación de jóvenes (por lo general inexpertos), permitirá la creación de miles de puestos de trabajo que actualmente no existen porque no son rentables para los empresarios; pero si fuera posible pagarles un sueldo inferior al mínimo legal, sin vacaciones, sin aguinaldo, sin Previsión Social, sin nada de esas fantasías hermosas que la quimera socialista sembró en nuestro jardín de sueños, la fría ley del mercado capitalista comenzará a transformar en realidad esos ideales. ¿Por qué? Porque esos jóvenes inexpertos, explotados al principio, aprenderán su oficio, producirán cada vez más, y llegarán a ser engranajes tan importantes de la maquinaria de producción, que el empresario capitalista –bueno o salvaje– tendrá que ir aceptando las cada vez más exigentes condiciones de su capacitado obrero, a fin de evitar que sus competidores se lo arrebaten.

¿Alejar la fruta que se apetece? ¡Vaya esfuerzo de imaginación! Pesado ajedrez para mentes obnubiladas por la antigua superstición de la lucha de clases.

Jorge Augusto Zelada
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