Jorge Augusto Zelada
El tiempo de las cosas
“En un tiempo tan corto
como cien millones de años”.
Stephen W. Hawking
(“Breve Historia del Tiempo”)

Mi hermana Elena tiene la costumbre de preparar dulce de mamón en una gran marmita, utilizando leña de cajones, ramas podadas o muebles viejos, que fueron guardados ex profeso durante meses. Y así como llega para los niños el tiempo de las bolitas, las pandorgas o los yoyoes, por ahí e inesperadamente para mí llega el día en que la gran olla con el preparado hierve durante horas, o incluso días, en el fondo de la casa materna.

Recuerdo en particular una tarde, ya anocheciendo. Mi hermana y su esposo alimentaban con ramitas y paciencia un fuego ya cansado, cuando fui a acompañarlos. Conversamos de diversos temas, y así llegó la noche. En medio de la oscuridad los rescoldos adquirieron magnificencia de estrellas, y las esporádicas llamas imitaban por pocos segundos la realeza del Sol...

De pronto hubo un pequeño chisporroteo y varios puntitos de luz estallaron por el aire, consumiéndose al instante. Alguien recordó una teoría según la cual civilizaciones enteras pudieron haberse desarrollado en esas chispas, en universos microscópicos, a una velocidad de tiempo increíble para nuestra mente, como inconcebible parece la necesaria infinitud del espacio universal.

¿Qué hay después del fin, en lo infinitamente grande y también en lo infinitamente pequeño? ¿Existe el átomo, en el sentido etimológico griego de “indivisible”? Se descubren protones, iones, quarks... y la materia sigue dividiéndose! La infinitud de lo pequeño es tan desconcertante como la enormidad cósmica.

Para nosotros, el hombre es la medida de todas las cosas, pero las cosas no parecen reconocernos el sitial que reclamamos. Son, están y suceden, simplemente; más allá de nuestros deseos y oraciones...

Tengo un pariente amigo que está muy enfermo. Su gran día parece inminente, y todos estamos acongojados; todos nosotros, que también vamos a morir alguna vez, pero esa absoluta certeza no nos preocupa por el momento. El tiempo nos cobija como un padre amoroso, aleja nuestros temores y expulsa de nuestros sueños la terrible pesadilla de la muerte, a la que le tenemos tanto miedo que no nos detenemos a pensar que ella es la única puerta que puede conducirnos a un mundo mejor. Tal vez la muerte sea el fin de la condena, las puertas de la cárcel que se abren para nuestra liberación, pero como esos viejos condenados, nos asusta abandonar la doliente seguridad de nuestras mazmorras. ¿Pero por qué? La muerte no es más que una de las tantas transformaciones de un Universo inquieto, cambiante y, en última instancia, desconocido.

¿Qué vida nos espera en el más allá?

Quizás ninguna, pero quizás también una existencia llena de gozos, sin dolores ni tristeza, que pueda desarrollarse a través de largos, larguísimos años, en un universo distinto, microcósmico y ultraveloz, de chispas relucientes, mientras hierve en la penumbra una marmita con dulce de mamón.

Jorge Augusto Zelada
oparei@oparei.com
El tiempo de las cosas