Jorge Augusto Zelada
Sindicalismo agresivo vs. sindicalismo inteligente
Tengo un hermano sindicalista con quien solemos enfrascarnos en reñidas aunque respetuosas discusiones. Él es de los que creen aún en la capacidad del Gobierno para controlar el cumplimiento de las leyes laborales, la probidad de los magistrados para aplicar justicia y la sabiduría del Parlamento para sancionar leyes que mejoren día a día la situación de los obreros.

Yo descreo de todo eso. Mi ideal político podría sintetizarse en “Mínimo Estado para lograr Máximo Individuo”. Y aunque mi hermano no termine de comprenderlo así, mi preocupación por la suerte de los humildes es tan grande como la de él, aunque los caminos para lograr un mejoramiento sean diametralmente opuestos.

Mi hermano despotrica a menudo contra ciertos empresarios que no toleran la organización de sindicatos dentro de sus establecimientos, descabezando el movimiento obrero con despidos y amenazas. Yo le respondo que esa es una reacción comprensible, dada la habitual agresividad de los sindicalistas paraguayos, que forman piquetes durante las huelgas, apedrean, garrotean e impiden la entrada al trabajo de los obreros que no se pliegan a la medida de fuerza. Él contesta que los patrones violan la ley al intentar suplantar a los huelguistas con personal nuevo. Yo le contesto que la violación por parte de la patronal de las normas legales no le habilita a la parte sindical a hacerse justicia por mano propia, que para eso están los canales correspondientes. Él me responde que esos “canales correspondientes” son largos, engorrosos y por lo general corruptos. Yo le digo: “Viste? Por eso es que no sirve el tipo de sindicalismo que a vos te gusta”. Y aprovecho la pequeña duda plantada en su mente para explayarme sobre las virtudes de mis ideas político-sindicalistas: Creo que las organizaciones obreras no deben ser agresivas ni pasivas; tienen que ser inteligentes. Su principal preocupación no debe estar en conseguir leyes sociales “de avanzada”, sino en lograr introducir cláusulas de participación en las ganancias por mayor producción. De esta manera los obreros se vuelven una especie de socios, que ganan más cuando se produce más, pero también menos cuando se produce menos. Ello lleva a una participación más activa de los trabajadores en el manejo de una fábrica; incrementa el espíritu de cuerpo y fortalece la cohesión para el trabajo. Este es el tipo de sindicalismo de los países del primer mundo: Obreros que defienden sus intereses, pero no en forma ciega. Ellos saben cuando la patronal puede dar más, y allí aprietan el torniquete, pero también son conscientes cuando bajan las ventas, y entonces renuncian a ciertos beneficios... ¡sólo hasta que las cosas se compongan!

Cuando un empleado es haragán, faltador o deshonesto, es el propio sindicato el que plantea el despido, pues afecta los legítimos intereses de los que se esfuerzan. Por otro lado, en cooperación con la patronal, dictan permanentemente cursillos de perfeccionamiento para los trabajadores, con lo cual se benefician todos.

Eso es lo que yo llamo un sindicalismo inteligente.

Pero, claro: mi hermano no está de acuerdo. No siempre, por lo menos.

Jorge Augusto Zelada
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Sindicalismo agresivo vs. sindicalismo inteligente